Comentario Nº 90, 1 de junio de 2002

      Inmigrantes

      Los inmigrantes no son muy populares estos días que corren, especialmente en los países ricos. Los habitantes de Norteamérica, Europa occidental y Australasia tienden a pensar tres cosas acerca de los inmigrantes: 1) Vienen sobre todo a fin de mejorar su situación económica. 2) Hacen descender el nivel de ingresos de quienes viven ya allí al aceptar puestos de trabajo con salarios más bajos y al aprovecharse de los recursos del Estado para asistencia social. 3) Crean "problemas" sociales, bien porque constituyen una carga para otros o porque es más probable que se vean envueltos en actos criminales más o menos graves o porque insisten en mantener sus costumbres y no se "integran" en los países a los que llegan.

      Evidentemente, esas tres afirmaciones son en gran medida ciertas. Por supuesto que la principal motivación de los inmigrantes es la de mejorar su situación económica. Por supuesto que aceptan puestos de trabajo con salarios más bajos, especialmente cuando acaban de llegar. Y como, en consecuencia, son más pobres en promedio que los residentes anteriores del país, es más probable que busquen distintos tipos de ayuda pública y privada. Y desde luego crean "problemas" en los países a los que llegan.

      La pregunta es: ¿Y entonces, qué? En primer lugar, los inmigrantes no pueden entrar en un país, ya sea legal o ilegalmente, sin un elevado grado de connivencia por parte de los habitantes del mismo. Así que deben de satisfacer alguna función para éstos. Y sabemos qué tipo de funciones son ésas. Están dispuestos a aceptar trabajos que son necesarios para la buena marcha de la economía pero que los habitantes anteriores rechazan. No se trata únicamente de los trabajos desagradables en el extremo menos especializado de la escala; también ocupan puestos de trabajo muy profesionalizados. Por ejemplo, las estructuras médicas de la mayoría de los países ricos se verían en graves problemas si se pretendiera eliminar todo el personal médico inmigrante (no sólo enfermeras, sino también doctores).

      Además, dado que casi todos los países ricos presentan una curva demográfica muy sesgada, en la que los mayores de 65 años constituyen un porcentaje cada vez mayor de la población, los habitantes anteriores no podrían disfrutar de las pensiones actuales si no fuera por los inmigrantes (de edades comprendidas entre 18 y 65), que expanden la base contributiva de los fondos de pensiones. Sabemos que en los próximos 25 años, si el número de inmigrantes anuales no se cuadruplica, poco más o menos, se producirán drásticos recortes en torno al 2025. En cuanto a los "problemas", depende de lo que uno quiera entender por problemas.

      Aun así, vemos cómo los movimientos populistas de extrema derecha agitan constantemente el espantajo de la inmigración. Esos movimientos se pueden calificar como "extremistas" y no superan el 20% del voto (¿más del 20%? ¿es que no es el 20% lo bastante alto?), pero su demagogia fuerza a los políticos centristas a desplazarse cada vez más hacia la derecha en esas cuestiones.

      Así pues, nos encontramos con un curioso vaivén político en marcha. Los países ricos ponen en vigor cada vez más barreras a la entrada (legal e ilegal) de inmigrantes, pero éstos siguen llegando, instigados por las mafias en busca de beneficios y por empleadores que buscan una fuerza de trabajo más barata. Y en los márgenes hay algunos grupos relativamente pequeños que tratan de aliviar el trato injusto y a menudo cruel que sufren los inmigrantes. El resultado neto es una inmigración cada vez mayor, y cada vez más quejas por esa inmigración.

      Pero observemos algo. Esa descripción corresponde a los países ricos en relación con los inmigrantes que provienen de países pobres. Dado que existe una jerarquía muy amplia de riqueza nacional, esas afirmaciones no valen únicamente para los mexicanos que llegan a Estados Unidos, sino también para los guatemaltecos que llegan a México o los nicaragüenses que llegan a Costa Rica, filipinos a Hong Kong, tailandeses a Japón, egipcios a Bahrein, mozambiqueños a Sudáfrica... Y así podríamos seguir dándole la vuelta al mundo.

      Y observemos algo más. Esa descripción no se adecua al movimiento de personas de los países ricos hacia los países pobres. ¿Existe tal movimiento? Menos que antes. La colonización era un movimiento en ese sentido, pero los nuevos colonos son relativamente raros en estos días por razones políticas (Israel no es sino el último país realmente colonizador). Pero todavía hay movimientos de individuos ricos que compran tierras en zonas más pobres (con lo que elevan el nivel de rentas y precios, haciendo imposible a menudo a los residentes previos permanecer en sus lugares de origen). Esos movimientos se dan en gran medida dentro de las fronteras de cada país, por lo que a esas personas no se las llama inmigrantes. Con la creación de la Unión Europea, ese fenómeno se está empezando a dar también atravesando las fronteras.

      Hay pocas cuestiones sobre las que la hipocresía sea mayor que la de la inmigración. Los defensores de la economía de mercado casi nunca llevan sus planteamientos hasta el libre desplazamiento de la fuerza de trabajo, y ello se debe a dos razones: políticamente sería muy impopular en las zonas más ricas; pero además socavaría el sistema mundial de costes laborales diferenciados, tan decisivo para maximizar los niveles de beneficio a escala mundial. Aun así, el resultado es que, cuando la Unión Soviética no permitía a la gente emigrar libremente del país, sobre ella llovían las denuncias por atentar contra los derechos humanos básicos; pero cuando los regímenes postcomunistas permiten a la gente emigrar libremente, los países ricos inmediatamente levantan barreras contra su eventual entrada.

      ¿Qué pasaría si se permitiera al agua alcanzar su propio nivel? ¿Si elimináramos todas las barreras al libre desplazamiento, entrada y salida, en todo el mundo? ¿Emigrarían todos los indios a Estados Unidos, todos los bangladeshíes a Gran Bretaña, y todos los chinos a Japón? Por supuesto que no. No más que los oriundos de Mississippi que emigran en Estados Unidos a Connecticut, o los de Northumberland que emigran en Gran Bretaña a Sussex. Por una razón, y es que la mayoría de la gente prefiere el lugar donde crecieron; comparten la cultura, conocen la historia y tienen lazos familiares.

      ¿Se harían híbridas todas las culturas? En cierta medida ya lo son. Considérese cualquier zona importante de Europa o Asia, y las oleadas de pueblos que la han atravesado en los últimos miles de años, dejando la huella de sus lenguas, sus religiones, sus hábitos alimentarios y sus concepciones del mundo. Todos nosotros hemos tenido que relajar mucho nuestras ideas sobre pueblos y migraciones. Ésa es el área en la que el laissez-faire podría realmente funcionar; deberíamos recordar que el slogan original era "laissez faire, laissez passer".

      En el interior de los distintos países vemos todo el tiempo ese tipo de movimiento. Y sabemos que el movimiento hacia un barrio de personas consideradas de más bajo estatus social conduce a menudo a que salgan de él los residentes previos que se consideran de más alto nivel social. Podemos aplaudirlo o lamentarlo pero raramente tratamos de regularlo prohibiendo los movimientos de unos barrios a otros. ¿Sería tan terrible si aplicáramos el mismo principio a los Estados?

      ¿Se integrarán los inmigrantes? No, si lo que se entiende por eso es que se remodelen como clones de la gente que habitaba previamente en el área hacia la que se desplazan. ¿Pero sería eso realmente una virtud? Todos nuestros países son ya increíblemente diversos, lo que es una ventaja y no un inconveniente. Y un poco más de especias en la cazuela probablemente harán el cocido más sabroso. Los inmigrantes (y especialmente sus hijos) tratarán por supuesto de parecerse a su vecinos. Y los vecinos pueden incluso copiar cosas de los recién llegados. Eso se llama aprendizaje y adaptación.

      Evidentemente, se trata de una de esas ideas que sólo funcionarían realmente si todos se pusieran a ello. Si un país permitiera la libre inmigración pero los demás no lo hicieran, ese país podría realmente hundirse. Pero si todos lo hicieran, apuesto a que habría poca migración más a escala mundial que actualmente, que sería más racional y menos peligrosa, y que suscitaría menos oposición.

      Immanuel Wallerstein (1 de junio de 2002).


      © Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.

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